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Leía un artículo días pasados en The Wall Street Journal donde se analizaban las bruscas variaciones en los valores de mercado de las compañías y las diferencias que se crean entre las mismas en un mismo período y se planteaban ciertos interrogantes como: ¿Cómo se establece el precio de las acciones? ¿Cómo puede ser que una noticia sobre una compañía haga caer o levantar su valuación en un 30%, en cuestión de horas?
El mercado es así, impredecible. Por ejemplo en Estados Unidos, entre el récord del Promedio Industrial Dow Jones en octubre de 2007 y el punto de declive más profundo del mercado bajista en marzo de 2009, la acción de Bank of America cayó 94%. Para fines de 2009, había aumentado 389%. En el mismo período, la acción de Alcoa perdió 87% de su valor antes de triplicarlo.
Entonces alguien recordaba la teoría del mercado eficiente que supone que un mercado se ajusta rápidamente a la información nueva sobre los precios. Se puede decir que es un mercado en el que los precios reflejan totalmente la información disponible.
Otra enunciación de esa hipótesis describe que el mercado de valores es eficiente cuando la competencia entre los distintos agentes (inversores) que intervienen en el mismo, guiados por el principio del máximo beneficio, conduce a una situación de equilibrio en la que en todo momento el precio de cualquier activo financiero (acciones, obligaciones, títulos de la Deuda Pública, etcétera) constituye una estimación insesgada de su valor intrínseco.
Para el gran analista financiero Benjamin Graham es solo una teoría que podría haber tenido mucha importancia práctica si hubiera coincidido con la realidad. Para él el precio de cada acción consiste de dos elementos. Uno, "el valor de inversión", mide el valor de todo el efectivo que una compañía generará ahora y en el futuro. El otro, el "elemento especulativo", responde al sentimiento y la emoción: la esperanza y la avaricia en los mercados alcistas y el temor, el rechazo y el arrepentimiento en los mercados bajistas.
Para Meir Statman, un profesor de finanzas en la Universidad de Santa Clara en California, es importante no extraer conclusiones erróneas a partir de la ineficiencia del mercado: La evidencia sugiere que el mercado no es racional, pero hay que mantener a raya la voz interior que dice que debe ser fácil superar al mercado.
Por ejemplo en marzo pasado, en medio del pánico financiero, era imposible predecir que Bank of America sobreviviría y que su acción estaba a precio de saldo. El mercado había asignado precio a las compañías financieras como si pudieran quebrar porque había mucha información que sugería que esa era una posibilidad, y porque el temor estaba tan extendido que el optimismo prácticamente parecía irracional.
A corto plazo, la mentalidad de comportamiento colectivo que tienen los profesionales del mercado dificulta aún más apostar contra el elemento especulativo del precio de una acción. Por último aquel artículo destacaba que incluso los gestores de fondos que superan al mercado frecuentemente llevan a sus clientes a perder en comparación con el mercado, una vez cobradas sus tarifas y costos de negociación.